Cuatro del cuatro.
Cuatro de abril.
Cuarto peldaño de la Escalera Sanferminera 2026.
Sin darnos cuenta, ya hemos subido el cuarto peldaño. Sin darnos cuenta, hemos cruzado el ecuador de esta cuenta atrás que comenzó el uno de enero.
Ya no miramos hacia atrás. A partir de hoy, la meta ya asoma en el horizonte. La inercia nos empuja con fuerza hacia ese séptimo peldaño. El paso se hace más firme, porque el corazón ya empieza a escuchar el eco de los cánticos en la hornacina.
Y sin darnos cuenta… estamos en Semana Santa.
Hoy es Sábado Santo. Día de silencio, de espera. Y, por eso, hoy no hay misa de escalera.
Pero la devoción de un sanferminero no entiende de calendarios.
Porque la fe en San Fermín no depende simplemente de una misa, o de una procesión, o de una fecha concreta. Es otra cosa. Es distinta. Es difícil de explicar.
Un sanferminero mira al Santo Morenico cualquier día del año y se le encoge el corazón. Un sanferminero tiene la fe puesta en el capotico de San Fermín los 365 días del año.
Ese capotico invisible que hace creer hasta al más ateo. Ese capotico que convierte a San Fermín en el compañero más fiel, en el pastor más atento, en el doblador más preciso.
Y no es casualidad.
Porque cada mañana, del 7 al 14 de julio, a las ocho, con la luz dorada del amanecer, ocurren muchos milagros en las calles del Casco Viejo de la vieja Iruña.
Esos milagros son los que hacen que nos agarremos a esa fe:
Una multitud corriendo junto a doce animales con cuernos, seis de ellos bravos.
Sin espacios.
Sin distancias.
Bailando con la muerte.
Pitones rozando espaldas, cuellos, riñones.
Caídas.
Montoneras…
Carreras imposibles.
Carreras perfectas dentro del caos.
Carreras bellísimas en medio de una guerra.
Y entonces uno entiende.
San Fermín.
El Santo Morenico.
El mismo al que se le reza cantando cada mañana, como hablamos en el peldaño anterior. El mismo al que se le mira, aunque sea de reojo, antes de que suene el cohete. El mismo al que se le besa en la estampita que se guarda en el bolsillo cuando se espera en el adoquín. El mismo que te acompaña pegadito a tu corazón en forma de colgante, o que le da fuerza a tu sangre pues lo llevas junto a las venas que rodean la pulsera de tu muñeca. El mismo que llevas bordado en el pañuelo que llevas anudado.
Ese pañuelo rojo, ese que nos acompaña durante toda la semana, que recuerda el martirio de un santo que fue decapitado. El martirio de nuestro San Fermín. Ese que tanto nos da y tan poco nos pide.
Y, de alguna manera, nuestro particular Domingo de Resurrección llega cada 7 de julio.
Ese día en el que Pamplona despierta.
Ese día en el que todo vuelve a empezar.
Ese día en el que, con el santo en la calle y los toros pisando los adoquines del Casco Viejo, los sanfermineros… resucitamos.
Y este cuarto peldaño ha traído, además, una noticia preciosa.
Ha llegado al mundo un sanferminero más.
Ha llegado al mundo, en Viernes Santo, un nuevo Fermín.
Enhorabuena a sus padres, ambos corredores.
Y desde aquí, solo una cosa:
que nunca le falte.
Que nunca le falte el capotico de San Fermín.
Que San Fermín le proteja y le bendiga siempre.
Bienvenido al mundo, Fermín.
¡Viva San Fermín!
¡Gora San Fermín!
Ya falta menos.

