Bat, bi, hiru.
Tres del tres. Tres de marzo. Tercer peldaño.
El tiempo pasa muy rápido y ya nos encontramos subiendo el tercer peldaño de la escalera sanferminera 2026. Un peldaño que, en esta ocasión, dedico a algo que hace que los sanfermineros entremos en calor; ese algo que nos pone el corazón en un puño y que nos hace sentir, sentir mucho. Ese algo que nos atraviesa el cuerpo y el alma sin remedio. Ese algo que es una liturgia sagrada y que para muchos es un todo.
Marzo es el mes en el que el frío todavía colea por las calles de Iruña, aunque ya comenzamos a notar el calorcito de los rayos del sol previos a la primavera. Así que, si el mes pasado le dedicamos una oda al periódico, entremos de verdad en calor hablando del aire y la garra que lo elevan: el Cántico. Ese rezo cantado con el que pedimos protección a San Fermín antes de que el trueno del cohete lo cambie todo.
Disfruten, vibren y sientan.
El Origen
Se puede leer o escuchar que el origen del cántico está rodeado de “cierta confusión”. Se habla de cuadrillas anónimas y de décadas imprecisas. Pero la verdad no es confusa; la verdad tiene nombres y apellidos. Joaquín Zabalza escribió la letra y Kike Los Arcos la música; este último es cierto que reconoció que tomó una melodía de la calle para componerla. Mientras que Zabalza se inspiró para escribir la letra en un amigo suyo herido en un encierro.
Esta jota, que es como ellos denominaban al cántico, surgió en 1956 para complementar el himno de la Peña La Única compuesto por el Maestro Turrillas y se hizo bajo su aprobación —y de la propia Peña La Única— y con su colaboración, pero la creación de esa estrofa no es suya ni musicalmente ni la letra. El resto, sí. Como la grabación se iba a registrar como el «Himno de la Peña La Única», no se registró como un «Anexo» o un «Añadido» aparte en los papeles. Se integró en la obra principal, por eso la autoría oficial recae en el Maestro Turrillas. Sin embargo, en la SGAE hay una canción registrada con el nombre de “A San Fermín Pedimos” a nombre de Joaquín Zabalza.
En 1962, mientras Charlton Heston paseaba por la Plaza del Castillo y Radio Televisión Española retransmitía por primera vez los encierros —y las corridas— de San Fermín, un grupo de mozos creaba, casi sin saberlo, la tradición más sagrada de la Cuesta. Aquel año, nació el rito, pero no lo hizo frente a la hornacina que hoy conocemos, sino ante una ventana del antiguo Hospital Militar.
Allí, las Hermanas de la Caridad instalaron un humilde altarcillo con la imagen del Santo, flanqueada por el escudo de Pamplona y los de las Peñas. La historia, contada por Manero y Erviti, dice que fue un subteniente de Farmacia quien, de acuerdo con algunos mozos, compró esa figura de San Fermín para que los corredores tuvieran a quién mirar. Fue ante ese pequeño altar improvisado donde unos pocos valientes decidieron que a San Fermín se le iba a rezar cantando, que el miedo lo iban a afrontar cantando, tomando prestada la jota que Zabalza había escrito apenas seis años antes para el himno de La Única. No fue hasta 1982 que se comenzó a cantar bajo la hornacina actual, y hasta 2009 que no se incorporó la letra en euskera.
Tradición
En Pamplona, en Sanfermines, y concretamente en el Encierro de Pamplona, muchas cosas se han convertido en tradición rápidamente, por lo general, actos de sus propios peñistas, actos que vienen de la mano de los pamploneses que más sienten esto. Así pasó con el cántico, cuando, en 1962, se cantó por primera vez y muy pronto se convirtió en tradición sagrada.
Muchos corredores de los que a día de hoy eligen no vestir de blanco argumentan, en su defensa, que no es una tradición tan antigua; que ‘antes no se corría así’. Sin embargo, la hemeroteca es caprichosa: el blanco y el rojo ya asomaban en las calles de Pamplona antes de que naciese la propia tradición del cántico. Basta observar las imágenes de ese 1962 —el año en que se comenzó a rezar cantando— para ver que, aunque la mayoría vestía de traje, ya había mozos que vestían la indumentaria sanferminera para correr delante de los toros por las estrechas calles de la Vieja Iruña.
La pregunta surge sola: ¿Alguien se imagina hoy un Encierro de Pamplona sin sus tres cánticos? La respuesta es obvia: nadie. Porque el cántico es sagrado, porque se le respeta y porque es el hilo que nos une con la fe para darle la mano a San Fermín. A San Fermín, a las ocho menos cinco de la mañana, le canta hasta el más ateo. Por fortuna, a nadie se le ocurriría decir: ‘es que el cántico no es una tradición antigua’ o ‘es que antes no se cantaba’ para justificar una falta de respeto. Sería impensable interrumpir ese rezo cantado gritando reguetón en mitad de la Cuesta de Santo Domingo en los instantes previos a que los toros salten a los adoquines.
Sin embargo, son muchos los que se apoyan en la historia y en la tradición para no vestir de blanco, olvidando que en los anales de nuestra historia tampoco aparecen las camisetas de fútbol ni los logos fluorescentes. Si aceptamos que una canción nacida en 1956 y convertida en rito en 1962 es intocable, ¿con qué autoridad moral usamos la cronología para justificar los colorines durante una hora diaria cada San Fermín? La respuesta es incómoda: no es una cuestión de historia, es, sencillamente, anteponer el ‘yo’ al ‘nosotros’. La demagogia frente a la verdadera tradición. Porque no olvidemos una cosa: en Pamplona, las tradiciones las crean, casi siempre sin querer, los propios pamploneses, que para algo es su Encierro.
Rito, liturgia, sentimiento.
Y es que, era muy fácil que el cántico se convirtiese en tradición. Lo que se siente ahí abajo en la Cuesta a las 7:55 de la mañana es difícil sentirlo en ningún otro lugar del mundo, ni en ningún otro evento del mundo.
Hablemos de lo que se vive en La Cuesta antes de llegar a las 7:55. Los mozos van llegando a sus sitios, casi siempre el mismo del día anterior, casi siempre el mismo del año anterior, novatos aparte. Ahora ya no están Rafa y Marcela, así que ya no se puede pasar por ahí para aliviarse, o para comprar el periódico, o para dejar las cosas. Desde 2024, todo es distinto, somos distintos; no es fácil para muchos corredores haber perdido una tradición tan especial como era la de visitar la Librería Abarzuza.
Como decía, cada uno se coloca en su sitio, saluda a amigos, compañeros e incluso desconocidos que desean suerte al pasar. Caras serias. Poca broma. Alguno afronta el miedo hablando, o con más humor, y ameniza la espera. Otros, sin embargo, miran al suelo, o a la pared. Concentración. Caliento los músculos. Los estiro. Abrazos. Sonrisas medio forzadas. Seriedad. Los pájaros, mientras, cantan al fondo. Los fotógrafos capturan momenticos. Mira el periódico, qué bonito es este ensabanao, qué mirada tiene el colorao. Seriedad.
Pero todo cambia a menos diez. A menos diez nadie manda callar, pero se hace el silencio en la Cuesta. No es un silencio absoluto, se percibe un runrún. No sé si escucha o si tan sólo se siente, pero ahí está. Las piernas bailan, los abrazos se intensifican, las miradas siguen perdidas, concentradas, cada uno en su mundo.
Y entonces, el reloj marca las 7:55. Y entonces, llega:
Bat, bi, hiru.
Periódicos al cielo.
“A San Fermín pedimos,
por ser nuestro patrón,
nos guíe en el encierro
dándonos su bendición”.
«Entzun arren San Fermín
zu zaitugu patroi
zuzendu gure oinak
entzierro hontan otoi».
Y todo se transforma. El cántico te atraviesa, la calle vibra, pero el cuerpo de los presentes también. Una sensación que no es sólo emocional, sino que es emoción física también. Las emociones se manifiestan, el miedo se intensifica, las gargantas se desgarran rezando, cantando, pidiendo. San Fermín. Pamplona. Sentimiento. Seriedad. Tradición. Pureza. Verdad. No queda nada.
Termina ese primer cántico, el cual no suele ser el más acompasado, distintas velocidades. Abajo más pausado, más auténtico, más de casa. Arriba más nervioso, más acelerado. Nos tenemos que ir al sitio. Y eso pasa, pues en cuanto se grita la primera vez “¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!”, muchos se van de Santo Domingo hacia sus tramos habituales. Hay que darse prisa, esto comienza en nada.
A menos tres y a menos uno, se vuelve a repetir todo. Bat, bi, hiru.
Pero con menos gente, un rezo cantado más íntimo, más de casa, más acompasado, con más esencia, más Santo Domingo, más magia. Las caras van ganando en seriedad mientras van pasando los cánticos, los nervios se van intensificando, el miedo se multiplica. Ya no queda nada. Ya estamos.
Y suena el cohete. Ahí, ya no está el miedo, ya no está el nervio; ahí, solo está la verdad. Ahí estás solo. Tú, centenares de mozos más y doce animales, seis de ellos bravos. Seis torazos de Pamplona que en un instante aparecerán a la velocidad de un rayo. Porque sí, ahí abajo, los toros vuelan. Y, a lo que te das cuenta, ya ha terminado todo. Los abrazos vuelven a aparecer, las miradas para ver si todo y todos están bien, las sonrisas, las risas, ¿has visto a este cómo ha subido por la izquierda? ¿Has visto cómo metía el colorao la cara a la derecha? ¡Vaya carrerón de mi amigo! ¡Vámonos al Juanito, vamos a almorzar! ¡Celebremos la vida! Celebremos San Fermín.
Hay un día que aún es más especial todo esto. Hay un día que es raro que no se te hayan saltado las lágrimas si has estado a menos cinco en La Cuesta. Hay un día que el cántico no sólo te atraviesa; ese día te devora, te reconstruye, pues después de un año entero, lo vuelves a escuchar, vuelves a vibrar, vuelves a sentir. Ese día es el 7 de julio de cada año. Ese día se vuelve a rezar cantando, pero es que, además, se le canta la jotica al Santo Morenico justo después del primer cántico. Y, cuando uno siente la jota, es difícil no emocionarse:
“No sabe qué es emoción,
quien no ha corrido el encierro,
no sabe qué es emoción,
cuando al sonar el cohete,
se acelera el corazón,
se acelera el corazón,
quien no ha corrido el encierro.”
El cántico es, en definitiva, una tradición, una liturgia, y es el hilo invisible que nos sujeta a la tierra y nos conecta con San Fermín antes de correr cuesta arriba delante de los toros; antes de jugarnos lo más valioso que tenemos: la vida. Es la voz de los que están, la de los que se fueron como “El Tuli”, y la de los que vendrán. Porque mientras en la Cuesta se siga haciendo el silencio, se respete y se siga cantando despacio, el Encierro de Pamplona seguirá siendo sagrado.
¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!
Ya Falta Menos.

