Cinco del cinco.
Cinco de mayo.
Quinto peldaño de la Escalera Sanferminera 2026.
Quedan poco más de 60 días para que suene el cohete.
Quedan menos de 60 días para que los toros lleguen al Gas.
Y de eso vamos a hablar hoy.
De los mayorales.
De los hombres que acompañan a sus toros en el Gas.
Hace pocos días tuvimos la desgracia de perder a uno de ellos. Perdimos a un gran mayoral y mejor persona, así que hoy, por el quinto peldaño, no podía hablar de otra cosa. Va por ti, Alfonso.
Cada año, la MECA, es decir, la Casa de Misericordia, anuncia en otoño las ganaderías que meses después viajarán a Pamplona. Para entonces, ganaderos y mayorales ya han puesto todo su esfuerzo en seleccionar a los toros que creen que mejor trapío y nota tendrán para la Feria del Toro.
Una labor minuciosa, en la que depositan sus deseos, su trabajo… y también sus sueños.
Soñando con que sus toros sean el próximo Carriquiri y su corrida se lleve el Premio Feria del Toro.
Pero la labor del mayoral no empieza ni termina ahí.
Los mayorales son hombres de campo. Para ellos, el Toro es su vida. Viven por y para los animales. Viven por y para el Toro. Una vida entera dedicada al animal más bello del planeta.
Cuidan a los becerros desde que nacen, los marcan, les ponen los crotales, los alimentan, los miman. Después, pasan toda la vida de cada uno de los toros observándolos, cuidándolos con esmero, bajo el sol ardiente, bajo la lluvia intensa.
En el campo no hay descanso. Ni calefacción, ni aire acondicionado, ni paraguas que sirvan.
Por eso, cuando viajan a Pamplona, algunos lo llaman “vacaciones”. Y nada más lejos de la realidad.
Porque allí también trabajan.
No viajan como imagen.
No viajan para atender a la prensa.
No viajan para ocupar un puesto en el callejón.
Los mayorales, en Pamplona, viajan con sus toros para cuidarlos durante una semana en los corrales del Gas.
Entre los últimos días de junio y los primeros de julio, los toros de las diferentes ganaderías van aterrizando en el Gas. Y con ellos, sus mayorales. A excepción de Miura en los últimos años, pues al correr el día 14 no entran al Gas hasta que no se ha corrido el primer encierro y se desaloja uno de los corrales. Aun así, al correr el último día, sus mayorales también pasan una semana entera en la Vieja Iruña.
Ahí, en el Gas, comienza otra parte de su trabajo.
Hay que vigilarlos.
Hay que entenderlos.
Hay que anticiparse.
Darles de comer.
Mirar que no les falte de nada.
Evitar peleas.
Muchas veces, pasando noches en vela, con la manguera en la mano, pendientes de cada movimiento.
Para que no se peleen.
Para que no se estropeen.
Para que, esos toros que han elegido con tanto cariño y sabiduría, lleguen en las mejores condiciones posibles.
Una semana de convivencia.
De muchas horas en el corral.
De ratos compartidos en una caseta sencilla.
Una semana en la que también se forjan amistades.
En la que se cruzan chascarrillos.
—“¡Mira qué serios los he traído!”—
Una semana en la que se respira Toro.
Como me dijo Alfonso: en Pamplona, el Toro es el que tiene todo el protagonismo.
Y en los Corrales del Gas, todavía más.
El Gas es ese lugar mágico donde todo empieza.
Cuando el primer toro pisa el corral, algo cambia.
La adrenalina se dispara.
La respiración se agita.
Los nervios crecen.
Ya están aquí.
Ya huele a Toro.
Ya no queda nada.
Por fortuna, ahí, todos los aficionados y corredores pueden ir allí a verlos, a contemplarlos, a soñar con ellos. “Mira este qué guapo, ojalá una carrera de ensueño con él”.
Mientras los toros son observados por multitud de visitantes —solo hay que ver las colas y colas que cada día hay en las puertas del Gas—, sus mayorales aguardan pacientemente en la caseta.
Rezando para que estén tranquilos.
Rezando para que no se alteren.
Rezando para que todo salga bien.
Soñando con que sus toros, cuando lleguen a la plaza, muestren su casta y su bravura.
El día en el Gas es largo. Muy largo.
En el campo no hay un minuto libre. Siempre hay algo que hacer.
Pero en Pamplona, como decía Alfonso, arreglas a los animales en poco tiempo… y el resto del día es esperar.
Esperar… y vigilar.
Pero antes de llegar a la Plaza de Toros, tienen varios trabajos más. Antes de llegar a la Plaza correrán el encierrillo, y esa noche, los mayorales, no se irán muy lejos de los Corralillos de Santo Domingo, por lo mismo, para velar que todo va bien, para velar que los seis toros que han seleccionado para lidiarse (recordemos que viajan casi siempre ocho toros, salvo Miura que llega con seis) pasen la noche lo más tranquilos posibles rodeados de un mundanal ruido festivo. Porque, en Pamplona, la fiesta nunca para. Iruña nunca duerme.
A las 8 en punto sonará el cohete.
Los Toros saltarán a los adoquines.
Y los mayorales volverán a rezar para que ninguno se estropee en la calle.
Y entonces darán gracias por el antideslizante.
Porque saben que se caerán menos.
Porque saben que así, hay posibilidades de que todos lleguen bien a su destino.
Después, al mediodía, llegará el Apartado.
Y también ahí estarán.
Cuidando cada detalle.
Con suavidad.
Con inteligencia.
Con saber hacer.
¡Ojo no se vayan a lastimar ahora que ya están sorteados!
Porque incluso entonces, todo cuenta.
Y entonces irán a comer, mientras sueñan con que por la tarde sus toros les dejen en buen lugar. Ellos los conocen y piensan que así será.
Y ya solo quedará la tarde.
La plaza.
La verdad.
A veces los toros no responden como se esperaba.
Otras veces, sí.
Y cuando lo hacen, cuando derrochan bravura y casta, cuando embisten, cuando sacan todo lo que llevan dentro…
Cuando, además, los toreros alcanzan la Gloria con ellos saliendo por la Puerta del Encierro.
En un rinconcito, en silencio, sin focos, sin ruido, con humildad,
Esos hombres de Campo.
Los Mayorales.
Sonríen con la mejor de sus sonrisas.
Sus Toros han dado la cara.
Sus Toros han puesto la verdad.
Sus Toros han sido Bravos.
Trabajo cumplido.
Y entonces sí.
Entonces ya pueden volver a casa tranquilos.
A esperar la próxima llamada.
La que les dirá que, el próximo julio,
volverán a Pamplona.
Ya Falta Menos para que en el Gas vuelva a oler a Toro.
¡Viva San Fermín!
¡Gora San Fermín!
Ya Falta Menos.

